Capítulo 03. Your
taste, Your poison.
El
sabor amargo del alcohol, su protuberancia, su accionar en las funciones
cerebrales, nublando todo sentido racional, dejándole sin juicio y
momentáneamente desnudo ante sus emociones.
Gerard solo tenía una cosa en mente, rondando en su cabeza una y otra
vez. Envolviéndolo lentamente, absorbiendo la poca cordura que había guardado
desde el momento que le hiciera esa inocente insinuación en la habitación de
huéspedes.
Incitándole por fin
“Probar esos labios”. Quería partirle esa boca rojiza con un beso. Sentía
esa necesidad desde hace varios minutos. Ver sus labios siendo bañados por esa
amarga bebida, brillosos por las gotitas de alcohol que se deslizaban
presurosas hacia su barbilla, nublaba cualquier otra línea de pensamiento que
no fuera esa. Complacer su propia necesidad.
Y
es que vamos. ¿A quién no darían ganas
de probarlos? No se necesita alcohol para desearlos.
Su
sabor a de ser glorioso e intoxicanté, tanto que debe temer por las sensaciones
que le harán sentir a su cuerpo. La adicción no está en sus planes. Aunque esos
ojos enormes de ese multifacético color avellana y esa cercanía provocándole un calor interior,
no ayudan mucho.
Sin
una pizca de vergüenza le pide que lo bese. Él sabe lo que quiere, y lo
obtendrá así tenga que usar todos sus dotes seductores. No por nada, cada noche
trae a alguien diferente a disfrutar de los placeres carnales que le ofrece una
noche larga de sexo desenfrenado. El chico es un don juan; que sabe muy bien
como seducir a una persona, hasta el límite de hacerlo caer enamorado ante sus
pies. Recibiendo cada semana llamadas diferentes de personas sin rostro ni
nombre, pidiéndole por favor una segunda oportunidad. ¡Pobres diablos! es que
acaso no saben diferenciar entre sexo y amor. Pero como culparlos, si con tan
solo obtener una sonrisa del pelinegro y una rápida mirada simulando su
atención es para delirar con los afortunados que pueden ser. El chico es bello.
Tiene todos los dotes necesarios y el mismo lo sabe.
Frank
sonríe complaciente al escuchar sus palabras, las había estado esperando con
paciencia. Le ha visto tomarse todas esas latas de cerveza casi él solo, sin
contar con el vino, por su cuenta solo corrió una sola copa. Aparte de lo
parlante que puede llegar a ser, que para el resulta fastidioso. Es una
característica que le servirá más adelante.
Se
acerca un poco más, dejando que Gerard termine de quitar la distancia entre
ellos, este posa sus labios sobre los deseados rozándolos quedamente, sintiendo
simplemente la textura delicada con un simple roce, uno que le hace
estremecerse quedamente deseando mucho más que eso. El pelinegro cierra los
ojos, tomando uno de esos escurridizos labios entre los suyos, palpando el sabor y la textura suave de estos,
le gusta lo que siente, sin poder contenerse un poco más, saca la puntita de su
húmeda lengua para repasar su contorno, sentir su sabor. Frank se deja hacer,
sumiso y paciente, le parece erótico el
accionar del oji-verde. Sus movimientos son lentos y tortuosos, verlos con sus
ojos abiertos es la mejor opción. Nunca le ha gustado cerrar los ojos ante un
beso. Le parece tonto e innecesario hacerlo.
Es
como caer rendido ante un beso, entregarse a un sentimiento. Según su lógica,
eso no es más que romanticismo barato. Ni siquiera lo hace cuando se supone
esta con la persona que quiere. Así que no lo hará ahora, ni nunca.
El
beso sigue despacio, solo un pequeño traspaso de humedad entre sus bocas, mueve
sus labios al ritmo del otro. Sintiendo el aliento y el respirar de Gerard. Y
simplemente se cansa, le parece aburrido.
Oh está muy borracho o no sabe dar un beso
Gee
se aleja un poco, está por abrir sus ojos, pero el otro no le da tiempo ni de respirar. Ahora es su turno.
-¡Ven
aquí! – Susurra sobre sus labios, tomándolo con una mano de la nuca, lo atrae
con fiereza a su boca. Sus labios vuelven a reconocerse enseguida, siendo
penetrados intrépidamente por una humedad intrusa en su boca, la lengua de Iero
recorre con ímpetu cada rincón de su cavidad, encontrando a su paso a su
gemela, invitándola a danzar con la suya. Gerard no puede evitar gemir entre
ese húmedo beso, siendo acallado por el otro. Es apasionado e intenso, Iero con
descaro succiona y muerde sus labios, agitado intenta alejar la boca del otro.
Necesita oxígeno.
-Es..spera
–Posa sus manos en los hombros de Frank, este solo afianza sus dedos sobre su
nuca, atrayéndolo a la fuerza para besarle nuevamente. Al final solo desliza su
lengua por la comisura de los labios ya hinchados del pelinegro, hasta llegar
al mentón y morder levemente este.
Es
extremadamente delicioso, piensa Gerard, el contacto, el sabor. Un delirio para
su mente atrofiada por el alcohol y se pregunta, por qué le causa tanto placer
un simple beso.
El
suyo fue simple, un pequeño reconocimiento, dulce y hasta tierno, en cambio al
parecer al tatuado chico le gustan pasionales e incluso algo rudos.
Gerard
sonríe satisfecho, abre su perlas verdes, que brillan hermosamente con la tenue
luz que las alumbran, se encuentra en la
posición perfecta, frente a una lámpara que esta al piel del largo sillón,
logrando posar sus rayos esplendorosos, sobre el fino rostro del pelinegro.
Está
encantado, el beso ha sido perfecto. Vuelve a retribuirse sus acertados
pensamientos cuando lo vio hoy apenas unas horas en la tarde. Parado afuera de
su departamento con maletas en manos. No pudo evitar recorrerlo con sus ojos
entero, el chico era perfecto, sumamente atractivo y atrayente. Aunque debía
admitir que su fachada era muy por debajo nada parecido con los hombres que
acostumbraba salir. La mayoría eran
chicos de su ámbito económico social, con clase y refinados. Siempre los
conocía en reuniones que hacían sus amigos, alguna fiesta en yate, o exposiciones
de arte.
Todos
eran sin duda atractivos, hombres muy bellos pero según Gerard; aburridos. En
cambio Iero poseía otro aire que emocionaba al pelinegro.
Frank
tenía ese estilo de chico rebelde, misterioso, despreocupado. El piercing en su
labio inferior y sus jeans rasgados le daban un toque rudo, que ha Gerard en
secreto dejo fascinado. Sin contar el sin número de tatuajes que poseía y que a
simple vista notaba. Maldito Matt que no le avisara tal cosa.
Lo
que si podía concluir era que ha dejado entrar a su casa a un perfecto amante.
Una
sonrisa coqueta se hacía presente en el pelinegro, Frank le observa en
silencio, concluyendo en que esos labios se ven más sabrosos así. Hinchados y completamente rojos, luego de
profanarlos con los suyos.
Las
ganas sobran es esos momentos y Gerard se lo hace saber al acercarse de nuevo, posando
sus labios sobre los suyos nuevamente, y besándolo con desesperación. El
pelinegro lo desea ardientemente, y esa es una victoria silenciosa, sonríe
satisfecho entre los besos arrebatados sintiendo como intrusas manos de Gerard le
tocan bajo su camisa.
-Hazme
tuyo, y se mío -Susurra Gerard cerca de
su boca, sin despegarse se sube encima suyo quedando sentado en su pelvis. Este
le toma de las piernas jalándolo más hacia sí.
-¡Hey!
Con calma vaquero.
Frank
sabe que es muy pronto aún para acostarse con el oji-verde, necesita tiempo y
conoce de las aventuras del mayor. Sabe que se aburre luego de haber pasado la
línea de la intimidad.
No
va permitir que Gerard se aburra de él, al contrario este tendrá que volverse
loco por tenerlo, desearlo hasta sobrepasar los límites de la locura.
“Aun no es tiempo.”
Un
movimiento sincronizado comienza entre los roces de sus pelvis, el beso les ha
excitado, el acercamiento ha logrado despertar un fuego que necesita
extinguirse ahora mismo. Sus crecientes erecciones palpitan haciendo su
aparición al sentir la deliciosa fricción, otro gemido sale de los labios de
Gerard que son aprisionados fuertemente por los dientes de Frank.
Este
posa sus manos bajo el trasero para apretarlo fuertemente, el deseo está
presente y sabe que no es bueno. Sin más da una última lamida a esos deliciosos
labios, quitando restos de su saliva, saboreando el amargo veneno que emana de
su boca. Sin ningún reparo le da un empujón brusco, quitando a Gerard de
encima.
Sabe
que este va a protestar, rápidamente aprovechando que Gerard ha caído tendido
al suelo, ahora es su turno para subirse encima de él.
-No
me lo tomes a mal-Habla sobre sus labios-Pero estoy seguro que mañana ni lo vas
a recordar-Le mira a los ojos, esos bellos ojos color jade- Y no es eso lo que
quiero-Termina con un beso corto.
El
otro se queda desconcertado, no dice ni replica nada. Algo es cierto. Su grado
de borrachera no le permite formular una respuesta coherente. Solo se queda
ahí, hasta que el sueño lo termina venciendo.
Gerard
no sabe, pero el oji-avellana sabe más de él, de lo que este quisiera.