Capítulo
2; Your Eyes.
Lo
que era una hermosa habitación se abría paso ante sus curiosos e inexpresivos
ojos, dándole una mirada rápida termino de aceptar el buen gusto de su nuevo
compañero. El estilo moderno en blanco y negro siempre ha
sido de su agrado. Está seguro de nunca haber visto tanta exquisitez en una
decoración, mucho menos tanto lujo para una sola persona.
-Dime
¿qué te parece?–Una emocionada voz se escucha a lo lejos, más exacto a su lado
izquierdo-¿Te gusta?-Se sorprende al sentir la voz del pelinegro rozándole la
nuca, se ha quedado dormido, hechizado por la tenue vista y perdido entre un
mar de pensamientos y recuerdos.
-Sí,
no está mal –Su voz vacía se escucha neutral restándole importancia al asunto
sin querer mostrar su verdadero asombro.
-El
tapiz no me termina de convencer-Siente como la cercanía del pelinegro
desciende, este se tira a la cama
quedando sentado, palmeando esta mientras una sonrisilla que no sabe en esos
momentos como descifrar, se coloca en los rosados y delgados labios de su
arrendador.
-¿Quieres
probar la cama?-Este se mueve minucioso arrugando un poco las sabanas
acolchadas de encima- Esta suavecita-Confirma mirándole fijamente quizás. Como
le gustaría poder ver sus ojos, poder apreciarlos a través de la gruesa capa
negra de sus lentes. ¿Acaso es esta una insinuación? Como saberlo, el pelinegro
podría resultar una cajita de sorpresas, que como un niño curioso estará más
que gustosos por descubrir que trae adentro.
¡Sera interesante conocerte después de todo!
-Puedo
notarlo-Eleva una ceja colocando una pequeña sonrisa sobre sus labios coquetos -Ya tendré tiempo para probar –Lo último lo
murmura lentamente, aprisionando su labio inferior, mordiéndolo levemente para
dejarlo rojizo dejándole claro con esta acción que entendía muy bien sus
indirectas y que no le era desagradable ese jueguito seductor.
Gerard
solamente sonrió arrugando con sus dedos parte de las sabanas, ese pequeño
actuar del castaño le dejo sin aliento. No podía quitarse de la mente ahora lo
apetecibles que lucían esos pequeños labios rojizos, y lo mucho que se le
antojaba tirar tan fuerte de ese aro plateado que adornaba su labio inferior.
Ya tendría la oportunidad de hacerlo sangrar con sus dientes, todo era cuestión
de esperar.
Sin
más se levantó caminando hacia la puerta, el nuevo inquilino lo más seguro
querría privacidad para conocer mejor lo que sería de hoy en adelante su nuevo nidito
de perdición desde su punto de vista.
-Te
dejo a solas para que acomodes todo a tu gusto-Tomo la perilla de la puerta sin
antes voltear a verlo de nuevo-Pediré la cena, como veraz iba de salida,
cenaría afuera pero ya que no se pudo, te apetece ¿comida china?
-Bien,
gracias Gerard ¿Pero no es mucha molestia? Si quieres puedes irte, por mí no
hay problema.
-¡No!
Como crees-Sonrió guiñándole un ojo-Aun no conoces del todo el departamento y
aquí donde lo ves es bastante amplio, y no me sentiría bien dejándote solo y
con hambre ¿Por qué tienes hambre ¡cierto!?
Para ser yo
un perfecto extraño, es muy confianzudo.
-Comida
china me parece perfecto-Encogió sus hombros, tomando sus maletas para comenzar
a desempacar.
Un
“bien” fue lo último que alcanzo a escuchar cuando el sonido de la puerta al
cerrarse le indico que por fin le dejaba solo.
Le
da un vistazo una vez más a la habitación, tendría que acostumbrarse, hacerse
la idea que esta se convertiría en su hogar por algún tiempo, su confidente
entre él y sus pensamientos, su cómplice secreto que vería pasar cada uno de
sus actos y quizás todas las noches que le regalaría a ese pelinegro molesto.
Es demasiado risueño para su gusto. Muy confiado. De esas personas que piensan
que todas las almas son puras, con buenas intenciones en todo lo que hacen. Que
la maldad en los hombres no es más que un mito que se escucha en los periódicos
sensacionalistas que exageran la realidad.
¡Ingenuo!
No
lo conoce aún, pero por lo poco que lo ha tratado puede percibir la paz de su
aura, tan contraria a la suya. Su ingenuidad. Se adueñara de ella, será
divertido.
No sabes a quien has metido a tu casa Gerard.
~
-¿Diga?
-¿Dónde
diablos estas? Llevo más de media hora esperándote ¿Qué te crees eh?
Sonríe
al reconocer la voz de su amigo, le ha dejado tirado sin recordar que debía
avisarle que no asistiría a su cita por obvias razones.
-¡Perdón! Se me ha presentado una visita
inesperada-Escucho como el otro bufaba al otro lado de la línea, pensando cosas
erróneas lo más seguro-Y no es lo que tú crees-Se apresuró a decir.
-Si
como no, ¿a mí me quieres ver la cara?-La voz se le escuchaba realmente
molesta, mayormente este siempre bromeaba sobre la promiscuidad de su amigo,
pero Gerard lo conocía demasiado bien como para enterarse de cuando este
hablaba en serio –¿Tengo cara de pendejo o que Gerard?
-Si
tú lo dices –Comienza a reír cuando escucha al otro maldecir en pleno
restaurante-No soy yo el que lo está confirmando-Agrega burlón.
-No
seas idiota…¿Con quién estas?
¿Acaso
había una pizca de celos ahí? ¿Le estaba reclamando acaso?
-Luego
te cuento Gabe, no seas metiche.
Antes
de escuchar una protesta más le colgó. Gabriel Saporta era su mejor amigo,
también su mejor acoston. Entre ellos siempre las cosas estuvieron claras. Nada
destruiría su amistad, las relaciones amorosas eran muy complicadas. No
nacieron para atarse a esas ridiculeces. Es mejor, la amistad con
ventajas. Estar siempre en las buenas y
las malas, dándose apoyo mutuo, y porque no mimos y caricias un tanto intensas.
Placer mutuo cuando el otro lo necesitara. Así lo veían ellos, por lo cual le
parecía ridículo que este, a estas alturas le reclamara algo.
~
-Se
mira apetitoso-Comento Frank mirando la comida.
En
la sala, en una pequeña mesita de cristal fino acomodo lo que eran dos platos
con Tallarines fritos revueltos en trocitos de carne, los palillos chinos a
cada lado. Y algo de alcohol para beber.
Un vino tinto fue el elegido por ambos.
Los
dos sentados en la alfombra crema con la tenue luz de solo algunas lámparas
encendidas.
-¡Así
es! Buen provecho –Dijo Gerard antes de llevarse el primer bocado a la boca.
-¿No
te vas a quitar los lentes?
Tenía
mucha curiosidad por ver el color de estos, ni el mismo entendía ¿por qué? Sólo
quería verlos, conocerlos.
No es más que curiosidad-se
dijo a sí mismo.
-¡Oh!
Cierto, perdón-Comenzó a reír de sí mismo-Pensaras que soy raro por utilizar
lentes de sol, a estas horas de la noche-Se acomodó algunos mechones de cabello
avergonzado.
En
realidad si lo pensaba, el tipo era raro. Para Frank todo un desafío el
conocerlo.
-No
pasa nada-Tomo sus dos palillos, enredando un poco de fideos en estos para
llevarlos hasta su boca, en el acto lo hizo mientras subía su vista para mirar
como Gerard por fin dejaba de lado los lentes oscuros y por fin darle una clara
visión del mar verdoso al que se acostumbraría más adelante.
-Estoy
acostumbrado a usarlos sin importarme la hora- Frank se quedó por un momento
solo mirándole sin habla, sin importarle todas las palabras que salían de la
boca de ese hombre –Según mis amigos soy un adicto a usar toda clase de lentes-
comenzó a reír de nuevo achicando sus ojos con esta acción.
Sus
ojos son un delirio. Hechizantes por naturaleza y provocativos a simple vista.
Eran de un muy bello pero raro a la vez, tono. Un verde esmeralda. Estos eran
enmarcaban por unas gruesas y largas pestañas
negras. Dándole si se podía, aún más belleza al delicado rostro.
Lo
admitía, poseía el ingenuo chico un punto a su favor. No era para nada feo, de
hecho muy atractivo. Pero no cualquier belleza si no una muy peculiar. Su
andrógeno compañero merecía que le apreciara por unos minutos más.
¡Que lastima!
-¿Pasa algo?-Frank por alguna razón se había
quedado callado, solo mirándole en silencio. Y si había algo que Gerard
detestara era el silencio-Hay algo malo en mi cara-se llevó una mano al rostro,
palpándose, tal vez sin querer se había
embarrado de salsa.
-……Nada-Respondió
al cabo de un rato, masticando tranquilamente la comida, desviando la mirada
hacia esta-Que podría estar mal con tu cara, nada-Tomo la botella sirviéndose
un poco de vino-¿Te sirvo?
-Claro
–Dejo de tocarse la cara para recibir su copa, brindando por llegar a ser
buenos amigos, según palabras del mismo Gerard. Frank solo se limitó a asentir
y sonreír forzadamente.
La
cena fue bastante amena, Gerard no dejaba de hablar y contar chistes, ahora en
sus manos solo se encontraban latas de cerveza, estas remplazaron el vino hace
algunas dos horas. Frank ya se sentía un poco mareado por tanta palabrería del
ojiverde.
Es que nunca se calla.
-Sabes
de que tengo ganas en este momento –Ambos se encontraban sentados a lo largo de
la alfombra, sosteniendo sus cuerpos recostados en los enormes muebles, Gerard
se le había acercado peligrosamente invadiendo su espacio personal, muy pocas
veces permitía que alguien tan siquiera soñara con esto, pero este alguien era
otra cosa.
-¡No
sé! Cuéntame Gerard. –Hablo despacio susurrando sobre los labios delgados del
pelinegro, mirando como los orbes verdes cambiaban de color con la iluminación
de las lámparas ¿Cómo se verán a la luz
del día? Bueno, ya tendría el tiempo para apreciarlas.
-¡Bésame!-Y
el murmullo de sus pensamientos se cortó en ese preciso instantes. El aliento
tibio de Gerard se sintió agradable contra su boca.
Porque
no. Tendría una excusa para callar esa boquita parlante.
Será un placer hermoso moreno,
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